Puede que mi nombre pueda resultar un poco extraño, pero todo tiene su explicación. Yo nací en el País Vasco hace ahora 29 años. Iraila significa en euskera Septiembre y se pronuncia como si no existiera la l; en castellano sería algo así como Iraya. Tengo que decir que en Euskadi no es uno de los nombres más habituales, pero poco a poco va siendo cada vez más común. Me lo pusieron porque es el mes favorito de mi madre, y ella deseaba que su primer hijo naciera en ese mes por temas de astrología. Lo intentaron pero la naturaleza se adelantó y nací a finales de julio (fui sietemesina), por lo que mi madre decidió que si el mes no podía estar en mí de esa manera, me acompañaría por el resto de mi vida a modo de nombre. Cada uno tiene sus razones para poner un nombre a sus hijos, y ésta razón puede resultar un poco fantasiosa, pero es la que eligió mi madre, y a mí me gusta. Mi padre dio su consentimiento ya que le gustó cómo sonaba junto con su apellido. Dijo: "nuestra hija va a ser especial, no puede ser lo de otra manera con ese nombre".
En lo que al apellido se refiere, no hace falta decir que viene de Italia. Mi abuelo es napolitano. Cuando era joven trabajaba en el puerto de Nápoles ayudando en la mecánica de los barcos que desembarcaban y partían. Un día, uno de los barcos que partía rumbo a la costa cantábrica se quedó sin parte de su tripulación por una epidemia de gripe española que acabó con la vida de muchos de ellos. El barco debía llegar a su destino cuanto antes, puesto que transportaba alimentos que no durarían mucho más tiempo frescos y el dueño del negocio no estaba dispuesto a perder dinero por "ese incidente". Por eso, se mandó un aviso a todo aquel trabajador del puerto que estuviera dispuesto a dejar su empleo para subirse a ese barco. Por supuesto, era una decisión precipitadísima, ya que tenían que dar una respuesta en esa misma mañana. Y de esa decisión dependería el resto de sus vidas, porque debían dejar atrás a sus familias, amigos, y en definitiva, toda la vida que habían conocido hasta el momento. Y es que en aquellos tiempos no era como ahora, que puedes irte una temporada de aventura a vivir experiencias, y luego siempre puedes volver a lo que tenías. No, entonces, si dejabas algo lo dejabas para siempre, las decisiones no eran reversibles. Por eso era tan difícil la situación que se les presentó a los allí presentes. Pero, ¿cuál era la recompensa a tanto cambio? ¿Acaso se les ofreció un puesto de trabajo mucho mejor o se les prometió que ganarían más dinero por arriesgarse de esa manera? Pues la verdad es que no. El dueño del barco y empresario era tan egoísta y miserable que no quería invertir ni un céntimo más del debido en esa reestructuración; según sus palabras, “bastante caro le estaba saliendo ya el negocio por culpa de esos sucios inútiles, que no habían sido capaces de prever la epidemia y habían caído tantos como moscas”. Entonces, ¿Cuál era la parte buena del trato? ¿Qué alicientes podía ofrecer tal cambio? ¿Quién sería capaz de dejar todo lo que había conseguido hasta el momento por una vida llena de incertidumbre, de soledad y de posibles penurias?
Pues mi abuelo fue uno de ellos. Diez fueron los hombres que se alistaron aquel día. Diez hombres valientes, o tal vez ilusos, que decidieron dejar atrás todo lo que tenían y adentrarse en ese peligroso mundo. Cada uno de ellos tenía una historia a sus espaldas, cada uno tenía sus propias razones por las que sumergirse en aquella aventura, cada uno tenía sus sueños y sus esperanzas, pero lo que sí tenían en común aquellos hombres era la necesidad de un cambio.
Así que, sin mirar atrás, mi abuelo subió a ese barco, con la convicción de que, para bien o para mal, sería el comienzo de una nueva vida.
Durante las semanas que duró el trayecto por ese mar tan abrupto, los diez hombres se hicieron muy amigos. Las historias de cada uno eran muy diversas. Paolo era el más mayor de todos ellos; tenía 45 años. Su mujer y sus tres hijos habían muerto en la Navidad de hacía dos años, en un incendio que arrasó con todo el vecindario. Ella estaba haciendo la cena especial para los cinco, mientras los pequeños revoloteaban por toda la casa ilusionados con la llegada de los regalos que traería papá. Paolo estaba terminando de trabajar en el puerto recogiendo las últimas mercancías que habían llegado de un barco turco. Después, recogería los poquitos regalos que tenía guardados para sus niños y se marcharía corriendo a disfrutar de su cena de Navidad. Pero nunca pudo disfrutar de esa cena. Al llegar a casa vio cómo todo estaba ardiendo, y los bomberos estaban intentando sofocar las fuertes llamas que salían de todas las ventanas del edificio. Había mucha gente en la calle, mirando, llorando, gritando, y Paolo no pudo hacer otra cosa que quedarse petrificado abrazando el balón, la muñeca y el pequeño camión que había traído para Marco, Ornella y Giuliano. Los bomberos consiguieron sacar con vida al pequeño Marco, pero murió camino al hospital. Sus quemaduras eran demasiado profundas. Los cuerpos de su mujer Chiara, y de los niños, Ornella y Giuliano (Giugi, como le llamaban sus hermanitos al no poder pronunciar bien su nombre) fueron sacados debajo de una manta, una vez que consiguieron apaciguar las llamas. Paolo no volvió a ser el mismo nunca más.
Stefano enseguida hizo buenas migas con mi abuelo. Se hicieron uña y carne. Su historia era menos dura que la de Paolo. Tenía 20 años y a los 12 ya se había marchado de casa. Tuvo una infancia bastante mala, con un padre que pegaba a todos sus hermanos y una madre que lo permitía. Se prometió a sí mismo que algún día conseguiría el dinero suficiente para sacar a sus hermanos de esa casa y darles un futuro mejor. Pero al vivir en la calle se dio cuenta de que no sería tan fácil como creía. Tuvo que pasar por multitud de calamidades, vivir en la más absoluta pobreza, pasar hambre, robar, incluso vender droga. Pero se dio cuenta de que esa no era la manera en la que quería crear el hogar que tenía pensado para sus hermanos pequeños. Por esa razón dejó esos malos hábitos y comenzó a trabajar durísimo en el puerto, jurándose a sí mismo que el único objetivo en su vida sería ahorrar lo suficiente de forma legal para recuperar cuanto antes a los niños. Por eso aceptó de inmediato la oferta de subirse a ese barco, estaba seguro de que aunque era peligroso, le aportaría muchas más ganancias y en un tiempo más breve que trabajando en el puerto.
Michele era un poco miedoso, pero muy buena persona. Estuvo hasta el último momento indeciso, pero al final decidió subir. Y esto les vino muy bien a todos los demás, ya que era el que lidiaba entre todos, el que conseguía tranquilizar las aguas cuando había enfados, cuando la gente se desesperaba o cuando necesitaban hablar con alguien. Se hizo querer enseguida. Mi abuelo le cogió un cariño increíble. A todos los demás también, pero sobre todo fueron Paolo, Stefano y Michele quienes más marcaron su vida. Lo sé porque desde que era pequeña siempre me ha contado infinidad de historias de ese barco, de las aventuras que vivieron, de los sustos que tuvieron y de lo bien que se lo pasaron juntos. Siempre me decía que aquella experiencia fue la más importante de su vida, que fue la que le hizo madurar y aprender a ser la persona que sería después. Y siempre me contaba la misma metáfora, me decía: “mi niña, si alguna vez tienes la oportunidad de subirte al barco, hazlo sin ninguna duda. Será duro, será doloroso y horrible a veces, pero muchas otras te aportará cosas que ninguna otra en la vida te podrá aportar”. Esta metáfora la tengo siempre presente en mi vida diaria. Y cada vez que he tenido la posibilidad de sumergirme en algún proyecto o aventura, o cuando he tenido que tomar una decisión importante, he recuperado las palabras de mi abuelo y me han dado mucha fuerza para lanzarme a por ello.
A mi abuelo no sólo le cambió la vida este barco, también en los tiempos que vinieron después. Y es que, gracias a subirse a él y abandonar su Nápoles natal, llegó a la costa cantábrica y allí conoció a su gran amor, mi abuela.